El Soma fue una de esas discotecas que no se olvidan. Ubicada en la calle Leganitos, en pleno corazón de Madrid —la calle más barata del Monopoly—, el Soma se convirtió a finales de los 90 y principios de los 2000 en uno de los epicentros de la escena rave de la capital.
El local tenía varias plantas y cada una era un mundo diferente. En el sótano —las catacumbas, como lo llamaban los que lo vivieron— la música era más chill, más oscura. En la sala principal de arriba, DJs como Eleesban, Xpnasul u Oscar Mulero hacían vibrar una pista que mezclaba a fiesteros alternativos con bakalas de barrio. Dos tribus que en la calle no se hablaban, pero que en el Soma compartían pista y, a veces, mucho más.
Era un lugar de mezcla social auténtica. Los que venían del Retiro y los que venían de los barrios obreros. Los de los pelos de colores y los de las bombers. Todos cabían en el Soma, siempre que respetaras la pista.
Cuando cerraba a primera hora de la mañana, la gente se iba al O’Muiño, en el número 43 de la misma calle, a comer tortilla y alargar la noche hasta que la luz del día hacía lo que no había podido hacer la música: parar a la gente.
El Soma cerró, como cerraron todos. Pero la marca sobrevivió, y con ella el recuerdo de una época irrepetible en la historia de la noche madrileña.
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